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Costuras y puntadas: la aparición de la máquina de coser

La costura es una de las actividades humanas más antiguas y, al mismo tiempo, una de las que mejor reflejan la evolución de las sociedades a lo largo de la historia. Lo que comenzó como una necesidad básica para protegerse del frío y de las inclemencias del tiempo acabó convirtiéndose en una manifestación de creatividad, identidad cultural y prestigio social. Su importancia ha perdurado hasta la actualidad, donde continúa desempeñando un papel fundamental tanto en la industria como en la vida cotidiana.

Los orígenes de la costura se remontan a la Prehistoria, cuando los primeros grupos humanos comenzaron a unir pieles y otros materiales para confeccionar prendas que les protegieran del frío. Más allá de su función práctica, estas primeras creaciones también servían para expresar la pertenencia a una comunidad. Los diseños, adornos y técnicas variaban entre los distintos grupos humanos, reflejando sus formas de vida, creencias y los recursos disponibles en cada entorno.

Con el paso de los siglos, las técnicas de confección fueron perfeccionándose. En el Antiguo Egipto predominaban los tejidos de lino, mientras que en la antigua Grecia y Roma era habitual el uso de telas envolventes sujetas con broches. Sin embargo, progresivamente comenzaron a confeccionarse prendas más ajustadas al cuerpo. En Asia, la costura alcanzó un notable grado de sofisticación gracias al empleo de la seda, un tejido asociado al lujo y al poder. Durante la Edad Media surgieron los gremios de artesanos, lo que contribuyó a la consolidación de la costura como profesión reconocida. En este periodo adquirieron gran relevancia los bordados elaborados, especialmente en las vestimentas de la aristocracia y en los ornamentos eclesiásticos.

Antes de la industrialización, la costura era una actividad completamente manual que requería paciencia, habilidad y muchas horas de trabajo. Las herramientas básicas eran la aguja y el hilo. Las primeras agujas se fabricaban con hueso o madera, aunque más adelante comenzaron a elaborarse en metal. En la China del siglo X se produjeron agujas finas de cobre y bronce, cuya tecnología llegó posteriormente a Europa a través de los contactos comerciales con el mundo árabe.

La producción de tejidos también experimentó importantes avances. El telar, originado en épocas prehistóricas, permitía entrelazar hilos para crear telas mediante la tensión de las fibras sobre una estructura fija. Con el tiempo, este instrumento fue perfeccionándose mediante la incorporación de nuevos mecanismos, como el pedal, que facilitaban el trabajo del tejedor. Asimismo, durante la Edad Media apareció la rueca, un ingenio que aceleró considerablemente el proceso de hilado, hasta entonces realizado manualmente con huso. Su evolución incorporó elementos como la rueda, la manivela, el pedal y la devanadera, que mejoraron notablemente su eficacia.

La llegada de la Revolución Industrial transformó por completo el mundo de la costura. Entre los nuevos avances destacó la máquina de coser, considerada uno de los inventos más influyentes de la historia. Dado que la costura había sido tradicionalmente una actividad desempeñada por mujeres, esa innovación supuso una oportunidad para mejorar las condiciones de trabajo tanto en los talleres textiles como en el ámbito doméstico.

La primera máquina de coser fue creada en Francia en 1830. Se trataba de un aparato de madera capaz de realizar una puntada con un único hilo. Aunque su rendimiento no superaba al de la costura manual, obtuvo una patente para la fabricación de uniformes destinados al ejército francés. En las décadas siguientes, varios inventores continuaron perfeccionando el sistema. Entre ellos destacó Elias Howe, cuyas innovaciones sentaron las bases para el desarrollo posterior de estas máquinas.

Sin embargo, fue el estadounidense Isaac Singer quien logró popularizar definitivamente la máquina de coser. Su modelo incorporaba importantes mejoras técnicas, como un pedal que accionaba el mecanismo, una rueda dentada para el avance semiautomático de la tela, el prensatelas y una aguja perforada. Además de estas innovaciones, el éxito comercial de Singer se debió a que sus máquinas estaban adaptadas al uso doméstico y podían adquirirse mediante un sistema de pago aplazado. A partir de 1851 comenzó la comercialización de una versión basada en la patente de Howe, convirtiéndose primero en Estados Unidos y posteriormente en Gran Bretaña en uno de los primeros electrodomésticos duraderos y tecnológicamente complejos presentes en los hogares.

Durante décadas, la máquina de coser se convirtió en un objeto muy deseado. En España, su difusión fue más tardía, lo que propició la aparición de fabricantes nacionales que lograron hacerse un hueco en el mercado. Entre ellos destacaron las empresas guipuzcoanas Alfa y Sigma.

La empresa Alfa nació en Éibar en 1920 como consecuencia de los conflictos laborales surgidos en la industria armera local, que dieron lugar a la creación de la Sociedad Anónima Cooperativa Mercantil y de Producción de Armas de Fuego. En 1925 comenzó la fabricación de máquinas de coser y, en 1932, debido a la crisis del sector armamentístico, abandonó la producción de revólveres y adoptó el nombre de Sociedad Anónima Cooperativa Alfa. Tras las dificultades derivadas de la Guerra Civil, la década de 1940 marcó el inicio de una etapa de crecimiento y expansión. La empresa diversificó su producción, amplió sus instalaciones y llegó a convertirse en la principal industria de Éibar.

A finales de la década de 1980, la crisis del mercado de las máquinas de coser provocó una notable reducción de su producción. Desde entonces, la empresa orientó su actividad hacia nuevas líneas de negocio.

Entre los modelos más emblemáticos destaca la Alfa Modelo 20, fabricada entre 1941 y 1953. Esa máquina de coser de bobina central se caracterizaba por incorporar un transportador de tejido ocultable que permitía realizar labores de bordado y zurcido. Funcionaba mediante motor eléctrico y pedal, y estaba integrada en una mesa de madera adosada a la base, combinación que la convirtió en una herramienta práctica y versátil para el trabajo doméstico y profesional.

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Caftán - circa 1923

Museo Vasco de Bilbao

Vieja

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