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Museotik Historias

La educación de ayer

La división territorial y el analfabetismo propició que no hubiera una estructura escolar en el País Vasco hasta el siglo XIX. A mediados del siglo, la escuela formaba parte de la política general del Estado; los maestros quedaron bajo su competencia y el castellano se impuso como lengua. Poco a poco fue surgiendo un movimiento cultural que defendía la educación y la lengua vasca y se fueron produciendo diferentes ensayos de escuela vasca. En 1896 Resurrección Mª de Azkue creó en Bilbao Euzkal Ikastetxea, precursora de las ikastolas. En 1917 Miguel Muñoa fundó la Donostiako Ikastetxea, una escuela primaria gratuita en San Sebastián que impartió clases en euskera hasta su clausura en 1936. Esta ikastola se ubicó en el convento de los Carmelitas y contó con un edificio para párvulos, otro para niños de primera enseñanza y otro para niñas de primera enseñanza.

En la década de 1920 se pusieron en marcha las Escuelas de Barriada en Bizkaia (1919-1938), con el objetivo de desarrollar una escuela vasca con un proyecto bilingüe. De la misma época son las Escuelas Rurales Provinciales en Gipuzkoa (1930-1938), con el objetivo de suplir la deficiencia de instrucción. Poco más tarde, en 1932 se creó Eusko Ikastola Batza, la primera Federación de Escuelas Vascas que agrupó a las 14 ikastolas de Bizkaia y la única que tenía Gipuzkoa.

La guerra civil y la política de restricción oficial de la enseñanza en euskera supuso la desaparición de las ikastolas, lo que llevó a muchos padres a escolarizar a sus hijos clandestinamente en la lengua vasca. En esta labor destacó Elbira Zipitria quien impartió clases en su domicilio de San Sebastián desde 1943 e instruyó a jóvenes profesoras vascas que multiplicarían las escuelas de casa: eran las "andereños en la clandestinidad".

A comienzos de los años 60 la sociedad vasca experimentó cambios políticos, sociales y económicos que propiciaron el resurgimiento de las ikastolas en algunas localidades. Esas primeras ikastolas fueron impulsadas y mantenidas por los padres. En los años 70 se fundó la Federación de Ikastolas de Gipuzkoa que intentó normalizar y regularizar las propuestas del movimiento de ikastolas, pero la Ley de Educación de 1970 propició una crisis que se recondujo con la firma del convenio entre Gobierno Vasco y Ministerio de Educación en 1980.

Las escuelas de artes y oficios surgieron entre finales del s. XIX e inicios del s. XX al margen de cualquier previsión del sistema educativo. Fueron un intento de paliar las necesidades de formación de los obreros ante el incremento de demanda de mano de obra con la modernización industrial. Estos centros fueron adecuando su currículo escolar a las necesidades sociales y al desarrollo industrial, comercial y artesanal de cada una de las poblaciones que las crearon. Generalmente, los ayuntamientos iniciaban la creación de las escuelas y las diputaciones intervenían subvencionando dicha creación.

En Bizkaia las escuelas se concentraban en la margen izquierda de la ría. En Gipuzkoa coinciden con los focos de industrialización que se iban desarrollando en el territorio, como el Bajo Deba, la comarca de Tolosa y la de San Sebastián. En Álava y Navarra eran muy escasas y prácticamente estaban en manos de la iglesia.

La edad de acceso de los alumnos se establecía en los 12 años y debían saber leer y escribir, lo que se justificaba con el certificado de bautismo o de registro civil, y por el certificado de un profesor. Las profesiones que registraban mayor número de alumnos eran las relacionadas con la industria del hierro, la madera y los oficios de la piedra. Estos oficios iban evolucionando y el surgimiento de nuevas profesiones en el mundo laboral se reflejaba en las diferentes profesiones del alumnado.

Al igual que ocurría con la enseñanza primaria, las escuelas de artes y oficios también acusaban abandono escolar, sobre todo cuando los alumnos creían haber alcanzado el nivel que esperaban, aspecto menos frecuente en las alumnas que alcanzaban mayor éxito escolar. La Escuela de Bilbao implantó el depósito de garantía, por el que devolvía a los alumnos que hubieran finalizado el curso el importe de la matrícula. Otras escuelas entregaban premios como cuentas en cajas de ahorros o herramientas propias de su oficio.

La Escuela de Armería de Eibar fue la primera escuela profesional del Estado en la que se combinaba el aprendizaje de la profesión con la enseñanza teórica y técnica. Su prestigio fue reconocido fuera del País Vasco, y durante más de un siglo ha alimentado la base técnica y empresarial de las industrias del Bajo Deba. Se creó en 1912 por iniciativa del Ayuntamiento y de los fabricantes de armas, y con objeto de impulsar el desarrollo industrial de Eibar y su entorno.

En los primeros años del s. XX cientos de aprendices ingresaban en los talleres de las fábricas eibarresas para aprender un oficio trabajando sin remuneración. El ambiente industrial fue acusando la necesidad de seguir un método, de coordinar la teoría y la práctica y plasmarla en unas enseñanzas. En 1910 el Ayuntamiento de Eibar propuso construir un banco de pruebas de armas y planteó la conveniencia de un museo y una escuela de armería. El proyecto llegó a Madrid, donde se solicitó apoyo económico para crear la escuela al Ministro de Fomento, el donostiarra Fermín Calbetón, considerado uno de los principales precursores del centro.

La École d'Armerie de Lieja sirvió como referencia para que Pedro Goenaga, concejal republicano e industrial eibarrés, sentara las bases que dieron lugar al proyecto. En octubre de 1912 se aprobaron los Estatutos y Reglamentos de la nueva escuela, se trabajaba en establecer su ubicación y se contaba con presupuesto del Estado. En enero de 1913 se colocó la primera piedra del edificio, se adjudicaron las obras y se comenzaron las clases de modo provisional en una escuela de párvulos. Julián Echeverría fue su director durante las dos primeras décadas y su buen hacer logró que la Escuela superara pronto en logros a otras escuelas de artes y oficios y se situara a la vanguardia de otros centros docentes de mecánica de precisión y de armería.

Algunos siglos antes, el humanista Rodrigo Mercado de Zuazola, quiso convertir su pueblo natal en villa universitaria. Así, consiguió una bula papal de Paulo III para construir en 1540 la Universidad de Oñati. Zuazola desempeñó altos cargos en la corte durante los reinados de Fernando el Católico y Carlos V, y siendo obispo de Ávila emprendió la tarea de construir la Universidad Sancti Spíritus de Oñati. Ante las flamantes universidades de Valladolid, Salamanca o la de Alcalá no debió ser tarea fácil emprender la idea de establecer una universidad en la villa que por aquella época contaba con 5.000 habitantes.

Pedro Vélez de Guevara, Conde de Oñati, cedió los terrenos y el concejo de Oñati aportó la madera necesaria para la obra, más 500 ducados de oro. Las clases comenzaron en 1548 en un monumental edificio renacentista que llegó a contar con facultades de leyes, cánones, artes, medicina y teología hasta su clausura en 1842.

La Universidad de Oñati fue la primera y única universidad del País Vasco hasta la fundación de la Universidad de Deusto en 1886 por la Compañía de Jesús. Su creación fue motivada por el deseo de dotar de un centro universitario propio en un momento de expansión económica e industrial en Euskadi. Una de las facultades con mayor proyección nacional fue la Universidad Comercial de Deusto, cuya primera promoción inició las clases en 1916 y se graduó en una titulación propia mucho antes del reconocimiento oficial en el estado de los estudios en ciencias económicas. Durante la II República se cierra por la disolución de la Compañía de Jesús, surgiendo de nuevo tras la Guerra Civil.

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