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Museotik Historias

El rito del Bautismo y de la Primera Comunión

Tradicionalmente, los y las niñas recibían las aguas del bautismo poco después de su nacimiento, debido a la creencia de que, mediante este sacramento, la persona se hacía cristiana y quedaba limpia del pecado original. En el País Vasco, el bautismo fue considerado durante siglos una obligación familiar y social, especialmente en los pueblos pequeños, donde la religión católica estaba profundamente arraigada. Siguiendo la tradición, la persona recién nacida se bautizaba cuanto antes, incluso el mismo día de su nacimiento, para evitar que muriera sin bautizar y que su alma fuera al limbo. Con el paso del tiempo, se hizo más habitual celebrar el bautizo unos días después del nacimiento, procurando que coincidiera con el domingo.

Antes de que la criatura fuera bautizada, se le prendían amuletos ya que se creía que protegían contra el mal de ojo. En algunos pueblos, el primer amuleto se elaboraba con fragmentos del cordón umbilical. Asimismo, se aplicaba agua bendita en la frente y se rociaba la cuna con agua bendita conservada desde el Sábado de Pascua. Entre los amuletos más utilizados se encontraban los llamados evangelios, que eran pequeñas bolsitas que contenían en su interior un papel con fragmentos de los Evangelios.

Las criaturas nacidas con graves problemas de supervivencia solían ser bautizadas de inmediato por la partera o el médico con la misma fórmula empleada por el sacerdote. Este acto quedaba reflejado en los libros sacramentales de las iglesias como "bautizo de urgencia".

El rito del bautismo se celebraba tradicionalmente en la iglesia. Tras el Concilio Vaticano II, pasó a concebirse como una celebración pública y comunitaria. Las parroquias establecen los días en los que administran el sacramento, destacando especialmente la Vigilia Pascual y el domingo posterior a la Epifanía, que conmemora el bautismo de Jesucristo.

El lugar en el que se administra este sacramento es la pila bautismal. Las iglesias cuentan con un baptisterio o capilla del bautismo, donde se ubica la pila bautismal y una hornacina en la que se depositaba el agua bendita, consagrada el día de Pascua. El baptisterio suele situarse cerca de la entrada del templo, simbolizando que el sacramento del bautismo es la puerta de entrada a la Iglesia de Cristo. En algunos lugares, el bautizo tenía lugar en el pórtico del templo, motivado por la creencia de que las criaturas no podían entrar en la iglesia hasta no convertirse en cristianas.

Cada aspecto de la pila bautismal está cargado de significado. La forma, los materiales utilizados e incluso su ubicación dentro de la iglesia comunican creencias teológicas y referencias bíblicas. Las formas circulares u octogonales son frecuentes debido a su simbolismo: los círculos representan la eternidad y la plenitud, mientras que los octógonos aluden a la regeneración, evocando los siete días de la creación más un octavo día asociado a la nueva creación en Cristo.

A la criatura que iba a ser bautizada se le vestía con ropas adecuadas para la ceremonia. Tradicionalmente vestía con el faldón de cristianar que solía ser de color blanco y que, por lo general, era un regalo de la madrina. Esta prenda ritual se confeccionaba con telas finas, se adornaba con puntillas y se completaba con un gorro. De la vestimenta se prendían medallas que, una vez celebrado el bautismo, se sujetaban a la fajita.

La antigua ceremonia se iniciaba a las puertas de la iglesia con la "exuflación", mediante el cual el sacerdote soplaba tres veces sobre el rostro de la criatura como gesto simbólico de rechazo al demonio. A continuación, trazaba el signo de la cruz en la frente y en el pecho, e imponía la mano sobre la cabeza, simbolizando que la Iglesia la acogía bajo la protección de Dios. Seguidamente, colocaba en su boca unos granos de sal bendecida, conocida como la "sal de la sabiduría". Ante la pila bautismal, los progenitores y los padrinos recitaban varias oraciones. El sacerdote tocaba las orejas y la nariz de la criatura para simbolizar que sus oídos se abrían a la palabra de Dios, y la ungía con el óleo. Una vez concluidos estos ritos y, ya en brazos de la madrina, el sacerdote derramaba el agua en forma de cruz sobre la cabeza, utilizando la concha bautismal.

La ceremonia finalizaba con la imposición de la vestidura blanca, que generalmente consistía en un pañuelo colocado sobre la cabeza, y con la entrega de una vela encendida al padrino o madrina. Esta vela simbolizaba a Cristo resucitado como luz del mundo, que a partir de ese momento guiaba a la persona bautizada.

Junto con el bautismo, la primera comunión constituía, uno de los principales ritos de iniciación cristiana. Mientras que el bautismo marcaba la entrada en la comunidad cristiana, la primera comunión representaba un paso posterior en la integración religiosa, en el que la persona comenzaba a participar plenamente en la eucaristía. A comienzos del siglo XX, la edad para recibir la primera comunión se situaba en torno a los doce años. Sin embargo, en 1910 el papa Pío X estableció que la confesión y la comunión debían iniciarse a los siete años. Esta disposición generó cierta controversia en algunas localidades, donde incluso se llegaron a celebrar dos ceremonias diferenciadas: la llamada comunión pequeña, a los siete años, y la comunión solemne, entre los doce y los catorce años. Para poder recibir la primera comunión, era necesaria una preparación previa, impartida tanto por el maestro o la maestra en la escuela como por el sacerdote en la parroquia.

La ceremonia solía celebrarse después de la Cuaresma, en fechas señaladas como las festividades de la Ascensión y del Corpus Christi. Durante la celebración, las criaturas se distribuían en los bancos del templo de forma diferenciada por sexo y renovaban las promesas bautismales que, en su nombre, habían realizado sus padrinos y madrinas en el momento del bautismo. En algunas localidades, tras la eucaristía, se organizaba una procesión en la que los niños portaban la imagen del Niño Jesús vestido de blanco sobre unas andas, mientras que las niñas acompañaban la imagen de la Inmaculada.

En épocas anteriores, la indumentaria asociada a la primera comunión era sencilla y no solía ir acompañada de celebraciones especiales. En determinados lugares se utilizaban túnicas y hábitos propiedad de la iglesia. A medida que avanzó el siglo XX, se generalizó el uso de vestimenta específica: las niñas vestían de blanco y los niños de azul, y solían llevar un pequeño misal y un rosario. Asimismo, se convirtió en una práctica habitual la realización de retratos y el encargo de estampas y recordatorios, que se repartían entre familiares y personas cercanas como testimonio de este importante acontecimiento religioso.

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